EL NUEVO MUNDO (una reflexión sobre la migración digital)
En la era de la globalización postindustrial, son pocos los que se atreven a negar la evidencia. Un nuevo orden social ha surgido de la evolución de la cultura de masas, el progreso de la tecnología digital y la explosión cultural resultado de una nueva vía para todas las formas de comunicación humana: el espacio virtual de Internet. Estrenado el siglo XXI nos encontramos en el punto 3.0, dicen…, este es el punto donde todo vuelve a empezar. Hablo de una nueva construcción social, del establecimiento del orden dentro del caos, de la jerarquización de los sitios Web, colonos de la red, por los ciber señores-feudales que son quienes deciden quién debe tener más presencia y quién debe ser invisible para los terminales de la humanidad conectada. Los gigantes como Google son los nuevos reyes del mundo virtual.
Estamos en el inicio de una nueva era. Todavía lejos de una democratización real del nuevo mundo. La era digital trae consigo todos los defectos del medievo: clasismo, privilegios para una élite “alfabetizada” y exclusión social para el analfabeto digital. Debemos tomar conciencia de la gesta épica que está cambiando el mundo a la par que lo divide, lo secciona y lo transforma una y otra vez. El mundo del que hablo ya presentaba una fractura inmensa entre países ricos y países en vías de desarrollo. Hoy, además de la desigualdad entre ricos y pobres, sufrimos una nueva división que con el tiempo se acentuará de manera exponencial: la desigualdad social que existe entre “conectados” (y capacitados para entender el funcionamiento de Internet) y “desconectados” (personas del primer mundo sin los conocimientos necesarios para dominar el nuevo lenguaje). Hablaremos de ello un poco más adelante en este artículo. Con nuestros hermanos pobres. La idea de englobar a toda la humanidad en este nuevo mundo digital, democrático y mejor, no es más que una utopía. La realidad tangible no permite la democratización de la red y la razón es simple: mil millones de personas viven todavía en un total estado de apagón digital.
¿Como es posible que este nuevo mundo cibernético se conforme y tome forma de manera positiva para todos si obviamos el hecho que la mitad del mundo, del mundo tangible, no sólo está lejos de la nueva era, sino que no tiene ninguna posibilidad de subirse al tren?
Resulta contradictorio, errático, quizá injusto buscar una evolución virtual a escala planetaria, escondernos en Internet y promover la cultura digital, la democratización de los medios de comunicación y multiplicar por millones valores como la solidaridad, el compartir y el copyleft. Es paradójico que en la vida dentro del ciberespacio, nuestro alter-ego virtual, sea capaz de predicar una generosidad sin precedentes y un compromiso social que nada tiene que ver con el que gastamos en el otro espacio. En el mundo terrenal.
Desde la creación del protocolo TCP/IP y la Web de Tim Berners Lee en 1989, Internet se ha ido forjando como el medio de comunicación de masas que ha permitido la consolidación de la globalización en el buen sentido de la palabra, si este significado pudiera o pudiese tener cabida en una palabra tan potente. Comunidades de millones de internautas comparten archivos con el único fin de ser solidarios con los demás. Informáticos y hackers lanzan a la red cientos de miles de programas, plug-ins y códigos para el uso y disfrute gratuito de toda la humanidad (es decir, de la humanidad conectada). La recompensa única, si es posible simplificar este altruismo virtual a nivel del materialismo tangible, es el reconocimiento intelectual. Internet es un espacio donde las expresiones de arte, de ciencia, de tecnología, las expresiones sociales, la comunicación, la mensajería instantánea y el entretenimiento a la carta superan en número y quizá hasta en calidad a cualquier experiencia comunicativa conocida hasta hoy. Incluso la experiencia educativa que supone la escolarización obligatoria. Quizá en un futuro no muy lejano, la sociedad post digital evolucione en paralelo siguiendo el hilo virtual y permitiendo así que la tecnología tome el relevo en lo referente a la formación-educación.
En Internet todo se comparte (o casi todo), todo es de todos. Puede ser que Internet represente una aproximación fantástica a las teorías comunistas de Karl Marx. O dicho de otro modo, la construcción de Internet (más que sus contenidos) sólo puede ser el resultado de la colaboración altruista de todo el mundo conectado. El gran defecto de la red quizás se ponga de manifiesto dentro de algunas decenas de años, cuando los países del tercer mundo puedan acceder a ella y no encuentren en su entramado una lógica que les aparte de su mundo terrenal. Es decir, ¿cómo recibirán y descodificarán los contenidos de Internet los que jamás han tenido acceso a la televisión, al cine y a la cultura occidental? ¿Serán capaces de entender los hipertextos aquellos que nunca han formado parte de la cultura audio-visual más primitiva? El futuro es incierto y, no voy a ser yo quien pronostique el acontecer.
Dejando a un lado el gran problema del mundo terrenal: La división entre países del primer y tercer mundo. Debemos hacer hincapié en una nueva división social que en pocos años conformará la nueva jerarquización social del mundo desarrollado. Según datos del profesor Vilches, docente de la Universitat Autònoma de Barcelona, la nueva era digital trae consigo una división social que no habla de desigualdad entre ricos y pobres. La fractura social del siglo XXI pasa por la diferencia social entre los que tenemos acceso libre a la información y por ende al espacio virtual de Internet, a las herramientas de adaptación al medio y los que quedan excluidos de formar parte del nuevo mundo que se está edificando mientras escribo este artículo. Las personas incapaces de adaptarse a la nueva realidad social, los que no acierten en aprender el complejo manejar del nuevo lenguaje interactivo, a dominar el nuevo mundo que se abre ante nosotros y que engloba toda la sabiduría del universo conocido en un espacio de imposible definición, en el sí del caos de ésta, nuestra red, todavía tan primitiva…Las personas incapaces de evolucionar a tiempo, serán sin remedio los nuevos analfabetos de la era digital.
Durante la época de la transición española, en la que muchos ciudadanos no aprendieron a leer y escribir, aquella persona en posesión de un título universitario sobresalía de la masa social y contaba con una muy buena oportunidad para cosechar éxitos profesionales. El siglo XXI, la digitalización del mundo y los efectos de la globalización exigen una preparación que va mucho más allá de la universidad. Hoy día, generaciones enteras de jóvenes adolescentes, que todavía no han pisado la facultad, ya están en posesión de capacidades intelectuales que les permiten destacar profesionalmente en un plano multidisciplinar. Saben inglés, dominan el HTML, el Java, el Flash, diseñan webs (como si fuera tarea fácil), son fotógrafos, músicos y periodistas además de futuros licenciados y doctorados. Las cualidades intelectuales que debe poseer aquel que pretenda destacar o sobrevivir en la era digital serán mucho más exigentes y transversales. La cultura ya no es un valor añadido sino un mínimo indispensable para empezar a funcionar. La deslocalización de los empleos físicos, el éxodo de la industria hacia puntos geográficos más económicos (normalmente hacia países en vías de desarrollo donde la mano de obra es barata), conllevará que los países del primer mundo tiendan rápidamente a la especialización de empleos de índole intelectual. Cada vez más se pondrá en evidencia la división entre aquellas personas que, conscientes de los tiempos que corren aprendieron a adaptarse a la nueva realidad social y los que no pudieron o tuvieron la oportunidad.
En vista de los que se nos viene encima, los gobiernos, deben planificar alternativas para el futuro. La primera medida de corrección o prevención contra el desastre intelectual de España pasa por la escolarización. Los maestros, la mayoría de ellos, no están capacitados para formar a los niños de hoy que, como hemos visto, deberán ser competentes en materias que jamás han sido incluidas en ningún plan educativo. Quizá una solución parcial para evitar que la educación obligatoria quede en la insuficiencia de hecho, podría ser aplicar en la educación básica un sistema parecido al universitario. Ofrecer materias que puedan introducir a los niños de manera colectiva y eficaz en la era digital. Esto ayudaría a paliar la incompetencia digital pero a la vez destacaría aún más las diferencias intelectuales inter-generacionales. Obligando a todos a revisar nuestras capacidades de manera extrema e inmediata.
Otra de las consecuencias de la evolución hacia la era digital es la importancia de teorizar de nuevo sobre los medios de comunicación de masas, el papel de los distintos canales comunicativos y el modo en que el usuario recibe los mensajes. Los medios clásicos (radio y televisión) que no permiten una interactividad real como hace Internet, caerán lentamente en desuso. Y si finalmente no es así, será por que los grandes conglomerados multimedia han encontrado una salida satisfactoria que transforma éstos en plataformas que se adapten a la nueva realidad social. Las audiencias, cada vez más formadas en un plano intelectual y habiendo interiorizado de manera natural la interactividad que ofrece Internet, se volverán más exigentes para con la programación de los medios exclusivamente emisores llegando incluso a su abandono en caso de no recibir experiencias satisfactorias. Todo dependerá en gran medida de cómo y hacia donde evolucione Internet, sus contenidos, la difusión de los mismos, la accesibilidad a las Web (esto implica una ordenación urgente del caos de la red) y el progreso tecnológico. Es mejor que nos preparemos todos. Este mundo ya es otro.
Seria agosarat a primera vista esbrinar si el discurs de l’església ha experimentat una evolució en el contingut, però el que és indubtable és que sí que ho ha fet en la forma. O el que és el mateix, en el suport. I molt. Endinsats ja en el segle XXI, quan sembla que avancem cap a una societat de la informació i que el ritme de vida poc temps deixa als aspectes més espirituals, Benet XVI ha decidit, ni més ni menys, que crear-se un perfil al Facebook. Parlem doncs que ens hauran de semblar normals situacions com “el Papa us ha afegit com a amic”?.